La peregrinación y el turismo religioso en el contexto cristiano

La peregrinación es una experiencia religiosa universal. La Iglesia católica valora positivamente y reconoce la importancia que para las diversas religiones tienen sus respectivos itinerarios sagrados y sus ciudades santas.

La peregrinación en el contexto católico ve sus orígenes inmediatos en la Sagrada Escritura: la peregrinación de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob; el Éxodo desde la esclavitud de Egipto hasta Canaán, la tierra prometida (parábola que describe a Israel como un pueblo peregrino); y Jerusalén, meta de peregrinación para el pueblo hebreo.

El mismo Jesús no sólo peregrinó en numerosas ocasiones a esta ciudad santa, sino que además los evangelios presentan su vida como una peregrinación, que inicia con su encarnación en el seno de María y concluye con su muerte, resurrección y ascensión al cielo.

También el cristiano entiende toda su vida como una peregrinación hacia la comunión definitiva con Dios. De hecho, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la vida cristiana es reiteradamente llamada “el camino” (Hechos 2, 28; 9, 2; 16, 17; 22, 4). Y el Concilio Vaticano II presentó a la Iglesia como“presente en el mundo y, sin embargo, peregrina” (Constitución Sacrosanctum Concilium, 2).

Si el objetivo de la peregrinación es el encuentro con Dios, la meta de las peregrinaciones cristianas serán aquellos lugares en los que de un modo singular se ha experimentado la cercanía, la presencia del Señor y de los santos. Aunque ésta no se encontraba entre las prácticas religiosas de la Iglesia primitiva, a partir del siglo IV se iniciaron las peregrinaciones hacia la Tierra Santa, y a partir del siglo VII se acrecentaron las dirigidas a otros lugares significativos, como los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo, en Roma, o el del apóstol Santiago, en Compostela.

Es importante subrayar que en el contexto cristiano, y a diferencia de otras religiones, la peregrinación no es un acto de obligado cumplimiento. Sin embargo, ha sido constantemente promovida, favorecida y aconsejada por los valores que contiene.

Es, ante todo, reflejo del ser profundo de la persona. En el peregrino podemos encontrar la verdadera identidad del ser humano en cuanto homo viator, ser en camino, que siente la necesidad de salir de sí para buscar nuevos horizontes, para buscar las respuestas más profundas de su corazón y hallar un sentido para su vida. Así, el “camino” se convierte en símbolo de su existencia, en metáfora de la vida.

Por todo ello, debemos afirmar que el camino exterior no es más que reflejo de un camino interior. De forma paradójica, y muchas veces inconsciente, el peregrino sale de su contexto ordinario y marcha a otro lugar con el fin de dar sentido a esa cotidianeidad. Por tanto, y con el fin de ayudar al peregrino, es fundamental que se tengan presentes ambas facetas de la misma realidad: el “camino exterior” (el recorrido, la infraestructura, la acogida) y el “camino interior” (el significado, la motivación).

Pero el “camino exterior” debe estar en función del “camino interior”: lo debe tener en cuenta, posibilitar y favorecer. El carácter religioso de la peregrinación es su elemento preponderante y definitorio, y como tal debe ser fielmente respetado y mantenido.

Esto no significa excluir o negar otros componentes, como los de índole cultural, que de modo secundario, aunque importante, se suman a la misma y la complementan, sino poner cada uno en su justo lugar.

El cambio en el estilo de los viajes (más económicos y accesibles, favorecidos entre otros por las compañías low cost) ha abierto la puerta a unas propuestas diversas, donde los conceptos previos se entremezclan. El hecho de que el viaje se realice en un tiempo significativamente menor permite desarrollar otras actividades diferentes a las estrictamente religiosas, lo cual no impide que sigamos considerando “religioso” a dicho desplazamiento.

            En el mismo espacio sagrado convergen distintas tipologías de visitantes, difíciles de cuantificar y definir, entre los que es posible mencionar el peregrino, el turista religioso y el turista cultural. Las diferencias entre ellos no están claramente delimitadas, y están marcadas tanto por el tipo de viaje realizado como, principalmente, por la motivación que está en el origen de su desplazamiento, un aspecto éste claramente subjetivo y no fácil de conocer.

            Tras haber analizado diversos estudios especializados, centrados en la motivación de los peregrinos, quisiera compartir tres ideas fundamentales. La primera es la dificultad a la hora de individuar y “verbalizar” las motivaciones reales, teniendo en cuenta que conviven unas motivaciones que son conscientes con otras claramente subconscientes u ocultas, y que son tanto o más importantes que las primeras.

La segunda conclusión es que no encontramos una motivación única y exclusiva que determine la peregrinación. La experiencia nos indica que la motivación religiosa en estado puro no existe, sino que descubrimos una diversidad de motivaciones que son compatibles, que coexisten.

En tercer lugar, todos somos conscientes de que una es la motivación que el peregrino tiene, o cree tener, en el origen, y otra la que va aflorando por el camino.

Como consecuencia de lo afirmado, la distinción entre los conceptos de peregrino, turista religioso o turista cultural son muchas veces más un elemento que nos ayuda a conocer la realidad y que favorece el trabajo de estudiosos y profesionales, pero no tanto un perfil que podemos encontrar en estado puro en la realidad concreta.

Todo ello, nos lleva a una doble conclusión. En primer lugar, hemos de ser conscientes de la diversidad de motivaciones que impulsan a los peregrinos, e intentar responder a ello con una acogida diversificada. Y, en segundo lugar, consideramos que de las tipologías de visitantes antes mencionadas (peregrino, turista religioso y turista cultural), es el peregrino el perfil más exigente y el modelo paradigmático de quien se acerca al lugar sagrado, por lo que principalmente en función de él se deberá organizar la acogida.

Me atrevería a apuntar un elenco no exhaustivo de propuestas que podrían favorecer una mejor acogida a todo aquel que visite el lugar sagrado.

En primer lugar, es importante que por parte de entes civiles y organizaciones profesionales se asuma la peregrinación y el turismo religioso como un sector diferenciado. Este mismo Congreso es una aportación positiva al respecto.

Aunque compartan algunos rasgos, la peregrinación no debe identificarse de modo simplista con el “turismo cultural” u otras formas de turismo, y los diversos agentes no deberían actuar como si éste fuera otro destino turístico más.

Las estadísticas indican que llegaron unos 20 millones de peregrinos a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en México, 11 millones a Aparecida (Brasil), 6 millones a Lourdes (Francia), Fátima (Portugal), Padua (Italia) o a Czestochowa (Polonia). Algunos de estos lugares difícilmente podrían considerarse destinos de “turismo cultural”, pues no poseen un patrimonio artístico o simbólico lo suficientemente importante como para atraer por sí solo al turista no religioso.

La peregrinación y el turismo religioso tienen unas dinámicas propias. Un ejemplo es que durante la situación de crisis, este sector no sólo no ha decrecido, sino que por el contrario ha experimentado un crecimiento mayor que otras tipologías, y presenta unas perspectivas de futuro claramente positivas.

La especificidad de este “producto turístico” requiere una sensibilidad especial por parte de entes civiles y operadores turísticos, que respete sus especificidades y exigencias propias. Por desgracia, en no pocas ocasiones, algunos de estos agentes implicados en la acogida han olvidado, ignorado o negado dicha dimensión espiritual, el “camino interior” al que antes hacíamos referencia, llegando a justificar esta decisión desde un pretendido respeto aséptico o por una teórica imparcialidad religiosa. En algún caso, esta actitud se llega a traducir en propuestas claramente provocadoras o contrapuestas al espíritu cristiano de la peregrinación.

En segundo lugar, consideramos fundamental desarrollar canales de colaboración que consoliden estrategias y aprovechen sinergias, promoviendo una oportuna convergencia de esfuerzos entre la Iglesia y los demás agentes implicados (como los entes civiles y los profesionales del sector), con el fin de potenciar una acogida que ayude al peregrino a realizar ambos caminos, el exterior y el interior, al tiempo que muestre el lugar religioso en toda su plenitud.

En tercer lugar, la Iglesia ofrece su colaboración para que las guías turísticas adquieran una suficiente preparación que les permita mostrar tanto el “rostro exterior” de los lugares religiosos visitados (su historia, estilo artístico) como su “rostro interior” (la experiencia de fe que los ha creado). Prueba de esta voluntad son las crecientes propuestas de formación sobre turismo religioso en centros universitarios católicos.

En cuarto lugar, la Iglesia debe seguir profundizando en los esfuerzos ya realizados para acoger a los peregrinos y turistas, al tiempo que les muestre el verdadero significado de su patrimonio material e inmaterial, que es fruto de una auténtica y profunda experiencia de fe. Sirva, a modo de ejemplo, las diversas propuestas que se están implementando en los Museos Vaticanos, que durante el año 2013 han acogido cerca de 5.500.000 de visitantes.

Por último, es importante destacar como uno de los valores de la peregrinación y del turismo religioso no sólo el camino o la acogida, sino también el regreso. Deberíamos favorecer iniciativas que posibiliten que la experiencia vivida continúe tras el retorno y sea compartida con otros. Y en esta cuestión es fundamental el papel que pueden desempeñar las redes sociales.

            La Iglesia católica tiene mucho que ofrecer en el ámbito del turismo, y pone a disposición de este fenómeno su patrimonio arquitectónico, sus museos, las manifestaciones festivas y populares de nuestra fe. Pero al mismo tiempo espera por parte de los demás sectores implicados el respeto a la naturaleza propia de estas expresiones religiosas. Fuente diario del peregrino.