El camino de las estancias jesuíticas

Cinco cascos antiguos, construidos entre 1616 y 1725, son el legado de los hijos de Ignacio de Loyola, y hoy es posible visitarlos.

CORDOBA.- En una larga noche de 1767, el rey Carlos III de España firmó la expulsión de los jesuitas de América. Sin embargo, el enorme legado de los hijos de Ignacio de Loyola permaneció en estas tierras casi intacto, y hoy puede visitarse en un recorrido que implica viajar 400 años hacia el pasado.

La Manzana Jesuítica de esta capital y las cinco estancias en el interior de la provincia (construidas entre 1616 y 1725) existen desde hace al menos tres siglos, pero a partir de que la Unesco las incluyó en la lista de los patrimonios culturales de la humanidad -integrada por los sitios más importantes del planeta-, el conjunto jesuítico adquirió un valor renovado y se convirtió en una apuesta segura para el desarrollo del turismo cultural.

Tres o cuatro días son suficientes para descubrir algunos de los tesoros arquitectónicos que construyeron los jesuitas en estas tierras, y satisfacer la curiosidad de los ojos inquietos que andan buscando maravillas para sorprenderse. Los flamantes paquetes que ofrecen los operadores turísticos para conocer El camino de las estancias tienen la ventaja de que permiten combinar iglesias y sierras, muros y ríos, historia y naturaleza.

Para comprender la lógica de la organización jesuítica (y entender cómo combinaron la prédica del Evangelio, la búsqueda del conocimiento y el crecimiento económico) lo ideal es hacer el camino tal como lo hicieron ellos, comenzando por la ciudad de Córdoba. De esta manera, los que nunca visitaron esta capital o la conocieron de paso rumbo a las sierras, tienen la oportunidad de caminar por el centro histórico, recorriendo el Cabildo, la catedral y los demás edificios antiguos y calles empedradas que rodean la Manzana Jesuítica.

Una vez allí, en el corazón del patrimonio cultural, se recomienda ingresar por la iglesia de la Compañía de Jesús, recorrer la capilla Doméstica y admirar la formidable fusión del arte nativo con el barroco europeo, patentizada en las pinturas de la bóveda y en el magnífico altar tallado en madera. La iglesia es el edificio más antiguo del país y se distingue entre los demás templos jesuíticos por la originalidad del techo, que es similar a la carcaza de un barco al revés, construido en cedro paraguayo traído en jangadas por el río Paraná.

Sin salir del edificio, y usando los pasadizos originales (reabiertos después de cientos de años), los mismos que transitaban los sacerdotes cuando iban a dictar sus clases, se puede ingresar en el rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba (antiguo Colegio Máximo) y el Colegio de Monserrat. En el rectorado se exhibe la biblioteca jesuítica, integrada por más de 500 ejemplares originales, muchos de los cuales fueron recuperados el último año y son de incalculable valor histórico.

Los que decidan viajar por su cuenta pueden solicitar un servicio de guía gratuito en la plazoleta frente a la Manzana Jesuítica. El asesoramiento especializado es imprescindible para apreciar los detalles de la construcción y conocer la historia que se esconde detrás de cada muro y cada ornamentación. Los paquetes turísticos incluyen también un recorrido por los barrios residenciales de la ciudad, y luego una cena en un restaurante típico, con show en vivo.

El encanto del tajamar

Luego de pasar la noche en alguno de los hoteles céntricos de Córdoba, se recomienda partir hacia el sur, tomando por la ruta provincial 5 que lleva a Alta Gracia (a 36 kilómetros de esta capital). En el centro de esa ciudad, frente al tradicional tajamar, se ubica una de las estancias jesuíticas mejor conservadas y con mayor actividad cultural, ya que ahora es sede del Museo Nacional Casa del Virrey Liniers.

Recorriendo los patios, el obraje y las ruinas del molino de la estancia de Alta Gracia se alcanza a comprender hasta qué punto ese establecimiento fue, en 1600, un sustento económico fundamental de la misión educadora y evangelizadora de los jesuitas.

Lo mejor es hacer ese circuito por la mañana y aprovechar la tarde para recorrer el sinuoso rosario de parajes y pueblitos que unen a la ciudad del tajamar con La Cumbrecita, en el cerro Champaquí. En ese trayecto, vale la pena detenerse en el punto panorámico que ofrece el camino del dique Los Molinos, que luego de una sucesión interminable de curvas desemboca en Villa General Belgrano.

Cualquier conocedor de la zona sabe que la opción más inteligente es detenerse a almorzar en la Villa, y degustar cualquiera de los platos de la gastronomía centroeuropea que ofrece la ciudad cervecera. Para la hora del té, lo mejor es internarse en el camino de pinos que lleva a La Cumbrecita, donde esperan la arquitectura alpina y la repostería suiza.

Un rosario de iglesias

La cercanía de las estancias de Jesús María, Colonia Caroya y Santa Catalina permite recorrer las tres en un solo día. Por la ruta nacional 9 norte, que coincide con el trazado del Camino Real del Alto Perú, se llega a Jesús María ( a 48 kilómetros de Córdoba).

En esa estancia se elaboraron los primeros vinos que viajaron desde estas tierras a la mesa del rey de España. Hoy, la vieja bodega es la sede del Museo Jesuítico Nacional, que alberga piezas de alto valor arqueológico e histórico.

A pocos minutos de allí está Caroya, la más vieja de las estancias, y un claro ejemplo de arquitectura residencial en el campo. Allí funcionó la primera fábrica de armas blancas del país, y allí se hospedaron durante sus viajes Belgrano y San Martín. Además, a cuatro kilómetros de Jesús María está la Posta de Sinsacate, donde fueron velados los restos del brigadier Juan Facundo Quiroga, asesinado en el paraje de Barranca Yaco.

Luego, casi pegando la vuelta y por un camino secundario de tierra, se llega a la hermosa Santa Catalina (a 20 kilómetros de Jesús María), la más grande de las estancias y tal vez la más imponente por la arquitectura barroca de su iglesia. Los que llegan hasta allí no logran explicarse cómo los jesuitas, hace cientos de años y en pleno campo, lograron construir semejante templo.

Junto a la iglesia está el antiguo cementerio de los religiosos, al que se accede por un magnífico portal barroco. Del otro lado, también junto a la iglesia, está la residencia con sus tres patios, sembrados de enormes hortensias, y sus locales anexos.

También se conservan las viejas dependencias como el noviciado, los talleres y la ranchería (viviendas de los esclavos). Sin embargo, como la estancia es una propiedad privada (tras la expulsión de la Compañía fue comprada por la familia Díaz), el acceso a su interior es restringido. Los turistas sólo pueden conocer la iglesia y sus alrededores, que ya resultan suficientes para deleitar la vista y el espíritu.

Los que quieran quedarse más tiempo en el lugar, y de paso beber algo fresco, pueden detenerse en la ranchería de Santa Catalina, donde funciona un bar y hay un par de habitaciones para el alojamiento de los visitantes. Permanecer unas horas en el lugar permite disfrutar del silencio de ese paraje y deleitar las pupilas con la maravillosa combinación de historia y paisaje.

Una perlita solitaria

A 14 kilómetros de Santa Catalina, por camino de tierra, está Ascochinga. Y en las inmediaciones de esa localidad hay otra fortaleza que vale la pena conocer; otro pedazo de historia que se combina con la naturaleza más generosa: la estancia La Paz, que perteneció a Julio A. Roca. Alojarse allí, quedarse a tomar el té o apenas caminar por el parque; cualquiera de las alternativas son válidas con tal de disfrutar de ese remanso de suaves ondulaciones, rica vegetación y bellísima arquitectura.

Para regresar a Córdoba, el camino más lindo es el que recorre la ruta E-53. Desde la ventanilla del vehículo se aprecian algunos parajes como Agua de Oro, El Manzano o Salsipuedes, que parecen dibujados sobre el campo verde. A su vez, si los tres tesoros jesuíticos de esa zona no resultaron suficientes, desde ese camino se puede acceder a otra perlita religiosa: la capilla de Candonga.

Se trata de una construcción jesuítica muy austera, enclavada en medio de las sierras, donde se venera a la Virgen del Rosario. Para llegar hasta allí es necesario recorrer varios kilómetros de tierra sin señalizar, y que no siempre están transitables. Sin embargo, la sorpresa que depara el destino hace que valga la pena el esfuerzo.

La austera Candelaria

Otra opción para el tercer día de viaje es visitar sólo la estancia de Santa Catalina y luego, desde Ascochinga, seguir hasta la estancia de La Candelaria (220 kilómetros al noroeste de Córdoba, en el departamento Cruz del Eje), pasando por La Cumbre y La Higuera.

Ese establecimiento es el más austero de los cinco, y el de más difícil acceso. De la intensa actividad que lo caracterizó como productor de mulas, sólo quedan la capilla, los gruesos muros de piedra y las pequeñas aberturas.

La desolación del paisaje y la perseverancia de esas ruinas hacen que La Candelaria sea, para los entendidos en la historia de la orden, el testimonio más contundente de la tenacidad de los monjes. Para completar el paseo, se recomienda regresar a Córdoba por el camino que une Cuchilla Nevada, Los Gigantes y Tanti. Esa ruta garantiza un panorama de las sierras realmente majestuoso, y a la vez diferente del que se conoce en los circuitos tradicionales.

En cualquiera de sus variantes, el patrimonio jesuítico ofrece la posibilidad de disfrutar el presente remontándose en el tiempo. Porque al encanto tradicional de las sierras y los ríos se les agregan ahora los muros, bóvedas y altares que guardan historias y sentidos ignorados durante siglos.

El deseo, y el desafío, es que ese patrimonio funcione como un imán para quienes están ávidos de conocer sitios que tienen un valor especial para la humanidad, y que están en el corazón de la Argentina.

Fuente: lanacion.com